ni el ruido de la superficie vana;
que quien conoce el reino sumergido
no teme ya la tempestad humana.
Allá arriba se agitan los pregones,
se dictan leyes al viento y al olvido,
se adornan los absurdos con razones
y llaman porvenir a lo perdido.
Mas yo, bajo la espuma, permanezco
sentado en mi pequeño habitáculo;
ni celebro el delirio que aborrezco,
ni entrego mi razón al espectáculo.
Que ruja arriba el coro de los necios,
que el mundo multiplique sus decretos;
yo guardaré mis íntimos silencios
como quien guarda el fuego en los secretos